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16/1/2009

Hoy, viernes, ha sido nuestro primer día libre, y lo hemos aprovechado bien, como siempre. Por unos problemas burocráticos entre El Cairo y Luxor todavía no tenemos el papel oficial para visitar monumentos (gratis) en la zona de Luxor que solemos tener todos los años, así que pedimos permiso al jefe del West Bank para hacer una excursión por los wadis que se abren por detrás de Malqata y buscar la primera tumba de Hatshepsut y la tumba de las tres princesas sirias que contrajeron matrimonio con Tutmosis III. Son tumbas fuera del circuito turístico, totalmente fuera de mano, perdidas en estrechos valles, torrenteras, donde sólo piedras y piedras.
     


     
     
Quedamos con Alí a las nueve en e Marsam y marchamos en coche hasta Malqata, donde apenas sobresalen los restos del palacio de Amenhotep III; luego alcanzamos un cementerio cristiano y, desde allí, torcimos hacia el oeste y nos adentramos por un gran wadi llamado “Wadi Gabbanat el-Qurud” que bordeaba por el sur el pico de el-Qurn y la meseta que corona la necrópolis tebana. El paisaje era lunar, aún más, marciano. Nuestro “combi” se resentía con cada bache, con cada piedra, pero seguíamos hacia adelante.

     

     
Unos cuatro kilómetros después el coche ya no podía seguir y continuamos a pie, caminando por una torrentera hasta el final, hasta llegar a un farallón rocoso. En el vértice final del wadi se abría una gran grieta y a unos ocho o diez metros de altura se encontraba la entrada a la tumba de las tres princesas sirias que fueron entregadas al rey Tutmosis III como una forma de sellar y garantizar buenas relaciones diplomáticas con Egipto, cuando el rey egipcio estableció y consolidó la autoridad egipcia sobre Palestina y el sur de Siria, llegando hasta el río Éufrates, cerca de la ciudad de Karkemish. La tumba fue descubierta por Howard Carter en 1916 y el espléndido tesoro se encuentra hoy en el Metropolitan Museum de Nueva York.

     
     
     
Después retrocedimos medio kilómetro en el wadi para adentrarnos en “Wadi Sikket Taget Zaid”. Éste es un wadi todavía más estrecho y difícil, sinuoso y pedregoso, de un kilómetro de profundidad. Al final llegas a un fondo de saco, rodeado de un farallón rocoso. Tomamos un camino de ascenso a mano izquierda para alcanzar el vértice a media altura y llegar, a mano derecha, al pie de la primera tumba que se construyó Hatshepsut cuando todavía no había sido coronada faraón y era la reina consorte de Tutmosis II (luego, siendo faraón, se haría construir una tumba en el Valle de los Reyes). La entrada a la tumba se parece mucho a la de la tumba de las princesas sirias (ambas son de la misma época), abriéndose a unos diez metro de altura, aprovechando una gran grieta en el cortado de la montaña.

Es realmente una experiencia y un privilegio el haber estado en estos lugares tan inaccesibles y, al mismo tiempo, tan trascendentales para la egiptología. Para terminar esta gloriosa jornada, Joan Ivars nos preparó su primera paella en el Marsam, a base de bacalao, espinacas y coliflor, y de aperitivo mojama de atún y de merluza. Todo ello regado con un buen vino de la tierra, Obelisk, y cerveza Saqqara. ¡Al-hamdurilá!, estamos en Egipo, en Luxor, en el West Bank.