Tras tres días de descanso todos teníamos ya ganas de volver a ponernos manos a la obra. Nos sentamos a la mesa del desayuno antes que otras mañanas, a pesar de que la noche anterior, después de la cena en casa de Alí, nos quedamos varios charlando hasta las tantas sobre la tablilla y, más concretamente, sobre el texto hierático escrito en una de las caras. ¿Por qué se escribe dos veces el primer párrafo de “El libro de Kemit”? ¿Por qué se emplea un tamaño de letra tan grande? ¿Cómo es que la grafía es tan poco cuidadosa, mientras que los dibujos están trazados con línea fina y sumo esmero? Curiosamente, a pocos metros de nosotros, la misión que dirige Daniel Polz había descubierto en el año 2000 una cerámica con parte de “El libro de Kemit” escrito en columnas. Y hace unos cien años, Howard Carter había encontrado en la zona norte de Dra Abu el-Naga una tablilla con “El libro de Kemit” escrito. ¿Es mera coincidencia, o hay alguna razón para que en un área relativamente pequeña se hayan encontrado tres ejemplares de la misma composición didáctica?
Pues bien, nada más comenzar la jornada y todavía rondándonos en la cabeza cuestiones sobre el aprendizaje de la escritura, sobre la posibilidad de que hubiera escuelas de escribas en la necrópolis y sobre el contexto funerario de la mayoría de los textos literarios encontrados en Egipto, apareció en el sector de José Miguel un pequeño estuche de escriba, con dos orificios rellenos de tela, uno para la tinta negra y otro para la tinta roja y, en medio de ellos, una pequeña hoquedad para los pinceles.
En el sector opuesto, para no ser menos, salió a la luz un fragmento del relieve que decoraba una de las paredes del pasillo de Hery, proveniente de la escena de caza y pesca en los cañaverales. Junto a la pequeña cabeza humana, un texto identifica la figura como “Su hijo Ahmose”, es decir, el hijo mayor de Hery, que aparece representado en la escena de banquete funerario de la pared opuesta.
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